Todo pasó mas rápido que lo que
esperaba: en pocos segundos, ya estábamos tomando altura y
arrimándonos a la parte colgante. Con Fer y Marcelo nos repetíamos
mil veces las frases "espectacular", "que bárbaro", "no lo puedo
creer" y otros comentarios que correspondían a una situación
memorable. Hubiese querido estar dividido en dos para ver, por un
lado, la ruta que se nos acercaba desde la derecha y, por el otro,
el "vacío" que teníamos a la izquierda. Opté por la izquierda que,
sin dudas, ofrecía la mejor vista. La ciudad de Zarate ahora se iba
convirtiendo en una maqueta... Estábamos en el cielo, y, se sabe,
desde el cielo todo se ve diminuto.
Abajo, recuerdo claramente la presencia de dos muchachos saludando
con una bandera argentina el paso de la formación... Casi dos
hormiguitas, entre tanta inmensidad verde, capaces de desatar un
remolino de emociones en el pecho.

(El Gran Capitán a toda marcha remonta la primer pendiente.
Foto: Julian Bongiovanni para LA NACION)
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Escuchar el motor de la 7911 a todo
bramar, nos estremecía. El ascenso al puente fue una conjunción de
sonidos e imágenes que sólo se pueden vivir allí. No alcanzan las
palabras para describir este momento, sumado al hecho de que hace 10
años que no pasaba el "Gran Capitán" por este complejo. Pasar el
Brazo Largo tiene mucho que ver con aquello que mencioné al
principio del relato, en relación con las letras que dicen
"Ferrocarril General Urquiza", en la fachada de Lacroze: fue la
antesala de una travesía por la Mesopotamia, que recién estaba por
comenzar.

Finalmente, llegamos a la cima del
primer puente. Allí circulamos por el tramo metálico y cruzamos el
río Paraná de Las Palmas. Ese fue el primer "orgasmo" del viaje. El
segundo vendría unos 25 kilómetros mas adelante.
Ya en la estructura de hormigón,
comenzamos el descenso; esta vez en línea recta. En las épocas de
"FA" este tramo se recorría a 125 km/h., pero ahora debíamos ir
frenando debido a las precauciones que impone ALL, por el estado de
la vía, en estos sectores (mejor dicho, en todos los sectores...).
La ruta ya se apoyaba sobre "tierra firme", pero nosotros aún
circulábamos a mitad de camino hacia el suelo, a unos 20 metros de
altura). La cuesta férrea es mucho mas gradual que la carretera,
para que pueda treparse sin problemas de adherencia.

(IZQ: Desvío de cruce Talavera. DER: Vista de la ruta en ascenso
al "Gral. Urquiza". Fotos:
Fede Pallés)
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Cuando el tren pisó tierra firme,
empezamos a circular a unos 60 km/h. a la par de autos, camiones y
micros que agitaban sus brazos a al ver la impecable formación. Al
rato de andar, apareció el desvío "Isla Talavera" (km. 119,8), que
se encuentra actualmente en uso. Toda esta traza, además, contaba
con señalamiento del tipo CTC (Central Train Control), un orgullo de
los Ferrocarriles Argentinos, que fue desmantelado por el
concesionario privado "Mesopotámico", luego "ALL". Aún hoy se pueden
ver los semáforos del CTC, con sus cristales oscuros... muertos.
A nuestra derecha, a lo lejos, se
empezó a dibujar el par de columnas centrales del segundo puente -el
"General Urquiza"- sobre el Paraná Guazú. A este puente lo empezamos
a ascender en línea recta, hasta alcanzar el tramo colgante. En una
ocasión que vine en auto por aquí a conocer el puente, advertí la
presencia de una brutal curva, una vez atravesado el Paraná
Guazú..., y así era: superado el tramo metálico, vimos adelante la
espectacular curva que dispone a la vías en rumbo norte, para
reencontrase con su vía original que sale del puerto de Ibicuy, en
donde en otros tiempos se cargaban los trenes a los ferrys.

Otra vez la 7911 se enfrentó a una
pendiente constante de unos 5 kilometros que requirió de sus máximos
esfuerzos. Pronto el "Gran Capitán" empezó a volar nuevamente...
desde la ventanilla, todo se empezó a ver diminuto.

(Marcelo, "volando" sobre el brazo del Paraná.
Foto: Fede Pallés)
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Una vez que atravesamos el Paraná
Guazú, empezamos a ver a la 7911 y el resto de la formación
serpentear por el angosto viaducto de hormigón que, al separarse de
la ruta, toma un aspecto mucho mas frágil, de tan finito. Sin
embargo, no se necesita ser arquitecto para comprender que las
columnas que lo sustentan soportan miles de toneladas sin problemas.

(Enseguida después de cruzar el río, la vía se separa de la ruta y toma rumbo
norte. Foto:
Fede Pallés)
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¡Bienvenido, "Gran Capitán", a la
provincia de Entre Ríos! Por este territorio circularemos durante
todo el día, la noche y la mañana siguiente. ¡Excelente!, yo no
conocía la Mesopotamia. Y qué mejor que hacerlo a bordo de un tren
con paradas aseguradas en todas las estaciones.

Lo primero que pude comprobar, una vez
en la región de la yerba mate, el tabaco y el chamamé, es que el río
Paraná, dividido en sus dos titánicos brazos, separa algo más que
dos provincias. Es la frontera de dos regiones geográficas muy
diferentes, como la Llanura Pampeana y la Mesopotamia. Esa fue la
primera comprobación de otras tantas que sobrevendrían con el correr
de los kilómetros. Fue sólo descender del segundo puente y, casi sin
mediar más que el agua, habíamos salido de la verde monotonía de las
pampas, para adentrarnos en un enmarañado monte de mariposas, flores
amarillas y aromas extraños, tan plagado de arroyos, arroyuelos y
riachos, que es imposible determinar si en esta zona es más la
tierra que el agua o viceversa. ¿Son islas en medio de un gigantesco
mar de agua dulce o una tierra firme en permanente lucha con el agua
que la surca? Y, en medio de todo este paisaje, el "Gran Capitán",
para completar una postal incompleta desde hace 10 años: aún
inocente de las emociones que le deparan más adelante.
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("
Travesía Mesopotámica"
- Tercera parte)
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